Lo que el Nacional me hizo pensar sobre la presión
Actualizado: hace 21 horas
Siempre me gusta empezar saludando a las personas que ya han estado aquí antes y a los nuevos lectores. Los dejé por un largo tiempo, pero las líneas no han dejado de llenar mis libretas.
Han pasado muchísimas cosas que ahora puedo mirar como aprendizajes, y por eso estamos aquí. Lo que voy a compartir no lo escribí ni lo entendí en un instante. Les platicaré cómo llegué a esta experiencia eureka.
Después del Nacional de 2025, el Ultimate me dio una de las lecciones más difíciles que he vivido: a veces el equipo que "merece" ganar no es quien se lleva el trofeo, sino el que sabe concretar, tiene la mentalidad correcta y toma las mejores decisiones. Quedamos subcampeones y perdimos la oportunidad de representar a nuestro club a nivel internacional.

Menciono esto porque lo que rodeaba al resultado me rompió. Ya no soy una jugadora tan joven y sé que, para competir a un nivel alto, las oportunidades cada vez son menos. Me deprimí por un tiempo. Durante los meses siguientes las cosas no iban mal, pero yo sólo trataba de sobrellevar las circunstancias. Al final del año, la ruptura que sentía ya no parecía ser sólo mía: el equipo también empezó a sufrir y nuestro resultado en el PAUC 2025 fue, a mi parecer, el grito que necesitábamos para hacer una pausa. En ese momento no estaba segura de que debía hacer, pero sí era consciente de que necesitaba soltar espacios y personas.

He estado leyendo acerca del duelo deportivo y puedo decir que estaba, y aún estoy, pasando por él sin tener muy claro cómo gestionarlo. Me gusta analizar las cosas y estar segura de qué hacer antes de tomar una decisión. Pero también hay una versión de mí que se deja llevar por la intuición cuando algo le apasiona; cuando estoy muy conectada con ello, siento la corazonada con más intensidad.

Por eso elegí iniciar el año compitiendo con otro equipo mixto. La categoría mixta es mi lugar seguro. Sabía que podría compartir con personas diferentes que en otro momento habían sido mi familia, Casino, y que podría divertirme y competir sin sentirme tan preocupada o presionada. Fue uno de los torneos en los que más disfruté lanzar un disco. Perdimos en universe el tercer lugar y claro que me dolió, pero esta vez no me sentí destrozada por dentro: la tristeza venía acompañada de agradecimiento, no de culpa.
Después no estaba segura de si quería seguir entrenando como normalmente lo haría para una temporada de Ultimate. Me sentía agotada, pero mi lado "disciplinado" insistía en que no podía tirar la toalla. Quise aferrarme. Había aprendido a responder a la incomodidad con más esfuerzo y a pensar que, si seguía resistiendo, los resultados que buscaba llegarían.
Ese modo de vivir también se había extendido a otras partes de mi vida. Empecé a notar que podía moverme cuando había una gran meta, una exigencia o una fecha límite; en cambio, sin esa presión, hasta las cosas pequeñas me costaban trabajo. No era sólo cansancio de entrenar. Me estaba preguntando qué pasaba conmigo cuando dejaba de haber algo que ganar o alguien que necesitara que siguiera adelante.

Amo el deporte y amo todo lo que lo rodea, pero pocas personas entienden lo que es dedicarle la vida y adaptarla para que todo gire en torno a él. Es desgastante y, a veces, insostenible cuando tu contexto, tus prioridades y el sentido de las cosas empiezan a cambiar. Me di cuenta de que tenía que soltar, y me costaba muchísimo porque nadie me había enseñado a hacerlo. Como mencioné antes, dentro de mis creencias siempre estuvo ser resiliente, aferrarme a esa incomodidad y al dolor. Esta vez necesitaba escuchar algo distinto: permitirme estar en espacios y rodearme de personas que se sintieran bien para esta nueva etapa.
No quería dejar de estar involucrada con el Ultimate. También había cosas de él que me hacían muy feliz, como seguir enseñando y recordar por qué empecé a entrenar mujeres.
Me volví sólo coach, pero ya no lo hice, ni lo hago, con la idea de tener al mejor equipo de México —aunque puedo decir que lo logramos varias veces y que cuesta soltar una idea así cuando has competido toda tu vida. Lo hice por el apapacho que sentía mi corazón al ver a Ximena, de ocho años, volando y ganando seguridad en sí misma. Eso no lo he encontrado en otro lugar más que en el deporte.
Pasaron unos meses y tuve oportunidades de volver a torneos competitivos, pero tan sólo pensar en todo lo que implicaban me hacía saber que no estaba dispuesta a vivirlo, al menos no este año. Me sentí culpable por elegir diferente después de tantos años. Sin embargo, también pude comprobar que todavía quería ser esa Ilse que iba a jugar sin expectativas.

En mi último torneo compartí con mujeres de diferentes estados. No entrenamos juntas y todo se acomodó para convertirse en una de las memorias más bonitas de mi 2026: once mujeres jugando un fin de semana completo, seis partidos, sin cambios, logrando un tercer lugar y EDJ. Hubo calambres, golpes de calor y una satisfacción enorme por haber luchado cada punto sin importar el resultado. La magia existe cuando estás presente en el momento y las personas con las que lo vives están en la misma sintonía. Gracias a mis Motomamis por un torneo tan bonito.

Poco a poco empecé a sentirme más en paz. Ya no sentía la presión de hacer las cosas sólo por competir o porque un equipo necesitara de mí. Estaba eligiendo lo que se sentía bien, y eso me estaba ayudando a sanar. Descubrí que podía seguir comprometida con el deporte sin exigirme vivir cada temporada como una prueba de cuánto valgo.
Así llegamos a lo que viví este fin de semana.
Hace unas semanas me invitaron a ser coach de un equipo femenil para el Nacional. No tenía expectativas sobre el resultado: no conocía a todas las jugadoras y sabía que el reto sería adaptarnos en poco tiempo y ayudar a que cada una pudiera aprovechar sus habilidades en dos días. Acepté porque esta vez podría enfocarme en un sólo rol. Siempre que había sido entrenadora también jugaba, y terminaba partiéndome en diferentes versiones. Pensé que, desde la línea, podría ayudar mucho más sin exigirme estar en todos lados. No fue más fácil. Fue diferente, y lo disfruté muchísimo.

Tuve la oportunidad de ser parte de un cachito de la historia de trece guerreras. Aunque el promedio de edad del equipo era de veinte años, vi en ellas experiencia y una pasión por el deporte que me recordó mis comienzos. Me emocionaba apoyarlas para que todas pudieran enfocarse en jugar. Aunque suene obvio, en nuestro deporte ser sólo jugadora es un privilegio, al menos así lo veo. Pienso que esa falta de apoyo también merma su crecimiento, pero esa es otra historia.
Desde el primer partido me di cuenta de que podíamos lograr buenos resultados. Cerca del 80 % de las jugadoras eran híbridas, con buen manejo de disco y visión para cortar. Sabía que por algo estábamos ahí. Probamos tanto la victoria definitiva como la derrota contundente; no hubo puntos medios. Eso nos llevó a cuartos de final el segundo día, donde conseguimos una victoria sólida. La madurez y la templanza de un equipo tan joven se impusieron ante la presión.


Nuestro último partido fue por el tercer lugar, contra un equipo con jugadoras de mucha experiencia, algunas recién salidas de un Mundial. El juego estuvo intenso desde el inicio; ninguno de los dos equipos mantuvo siempre la ventaja. Al final, su experiencia, sus buenas decisiones y una mejor condición física hicieron la diferencia. Perdimos en universe.
Fue doloroso ver llorar a mis Winx. Pero esta vez el dolor se sentía diferente. No sólo porque yo lo estaba viviendo como coach, sino porque no había un vacío detrás de él. Me recordó a mis primeros años, antes de nuestras primeras victorias. Imaginé que ellas podían sentir que les habían arrancado algo. Al mismo tiempo, recordé que entonces yo no tuve a una persona que me sostuviera: los mismos jugadores eran nuestros entrenadores y seguramente estaban sintiendo esa derrota incluso con más intensidad.

En cambio, esta vez podía estar ahí para ellas. Me sentí tranquila porque sabía que habíamos dado todo y que el resultado no reflejaba todo lo que cada una hizo en el campo. Ganar un tercer lugar en el primer torneo de muchas habría sido un logro enorme, claro. Pero lo más importante que quería que se llevaran era que el proceso que las había traído hasta ahí todavía no terminaba. Era sólo el INICIO de algo más grande.
Al final pudimos hacer un círculo, decir unas palabras y sacar lo que estábamos sintiendo. Escucharlas me dio más orgullo del que imaginé que sentiría con una medalla. En sus voces no oí sólo el dolor de la derrota. Escuché pasión, madurez y ganas de seguir.
Han pasado pocos días desde ese torneo, pero esta reflexión viene de mucho antes. Durante meses me pregunté si soltar la presión significaba perder mi disciplina, mi lugar en el deporte o una parte de mí. Este fin de semana sentí una respuesta: podía poner mi experiencia al servicio de otras jugadoras sin tener que estar en el campo, jugar y liderar al mismo tiempo. Podía acompañar un proceso sin cargar yo sola con el resultado.
Eso también me hizo pensar en el bloqueo que he sentido fuera del deporte. Si durante años la urgencia fue lo que me puso en movimiento, aprender a actuar desde un lugar más tranquilo no iba a suceder de un día para otro. Todavía tengo dudas y días en los que me cuesta empezar. Pero ahora sé que dar un paso pequeño, elegir un rol distinto o hacer una pausa también puede ser una forma de seguir adelante.
Gracias a mis Winx por confiar en mí y dejarme guiarlas. Aprendí muchísimo de cada una de ustedes.

Ellas vinieron a sanar algo que ni siquiera rompieron.



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